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Maya (Mia Hansen-Løve, 2018)

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Cine francés Maya Mia Hansen-Løve

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Aarón Rodríguez Serrano

Andaba yo después del feliz atracón del Atlántida Film Fest de este año revisando Maya y reflexionando sobre la manera en la que un cierto conjunto de motivos visuales del cine francés habían configurado mi experiencia como espectador. No siento, como ustedes ya saben, especial querencia por la totalidad de las Nuevas Olas ni he trabajado con demasiado interés las filmografías obligatorias de la cinefilia de manual, y sin embargo.

Y sin embargo, en un parpadeo entra en pantalla Judith Chemla, esa actriz frágil y fastuosa que a veces me recuerda a Laetitia Spigarelli y, entre las dos presencias, uno observa cómo la directora trenza una especie de intimidad entre las maderas de los muebles que decoran los bares, los interiores de los pisos parisinos y se sugiere una suerte de arquitectura fílmica familiar en la que uno, mejor que peor, reconoce a la vez una especie de refugio y un territorio amable en el que descansar.

Creo que Maya funciona razonablemente bien en su primera parte, en la que Hansen-Løve no necesita valerse de ningún desvelamiento porque se mueve con tranquilidad en lo que cuenta. Personajes masculinos atormentados, música de Schubert, frases concisas para desarrollar afecciones profundas. Tiene problemas con el plano-contraplano, como si algo no hubiera funcionado bien en la sala de edición, pero al menos bordea elegantemente el cúmulo de errores que le pasarán factura en los siguientes ochenta minutos de metraje: la mirada cuajada de tópicos, la impostada alegría de la ciudadanía del mundo, esos diálogos aparentemente profundos pero de una vacuidad poco menos que sonrojante.

No quería, en cualquier caso, desarrollar esa idea. Uno ha esperado la cinta con ganas y la recibe alegremente, con sus imperfecciones. Me interesa más señalar el problema temático de la cinta, esa incapacidad con la que una parte «autoral» del cine europeo no está sabiendo tejer relatos concretos a propósito del terror islámico. Recuérdese, por ejemplo, la torpeza de Inmersión (Submergence, Wim Wenders, 2017), con sus ejecuciones simuladas y su melodramático trenzado de interioridades condenadas a la destrucción. Antes bien, cabría preguntarse por qué Hansen-Løve sitúa la solución del relato fuera de Europa, por qué apunta a la India como una suerte de bálsamo espiritual puesto al servicio de nosotros, pobres ciudadanos del viejo continente, una India de postal en la que apenas hay un mendigo y en la que nos recibirán jóvenes y atléticas mujeres para mecer nuestros traumas. A uno le gustaría creer que la India es otra cosa y que en Europa podríamos encarar nuestros problemas a partir del riquísimo contenido mítico y humanístico de nuestros marcos simbólicos, aunque en el fondo puede que esté pecando de una intolerable ingenuidad. Sea.

Por lo demás, como apuntaba, la película triunfa en lo cercano y lo pequeño -los mejores territorios de Hansen-Løve, probablemente. Ella sabe rodar un sofá, el dintel de una ducha, la manera correcta en la que se debe encender un hombre atormentado un cigarro. Créanme: no es poco.

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