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Paisajes de Nuri Bilge Ceylan

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Cine turco Directores Nuri Bilge Ceylan

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Aarón Rodríguez Serrano

              Mientras termina lentamente el verano y se van estrenando agónicamente las últimas cintas de tiburones y chicas en biquini –todo un subgénero-, me dejo caer por el único pase de la ciudad vecina de El peral salvaje. El cine de Bilge Ceylan es precisamente eso, cine, y en tanto lo es no admite otra cosa que no sea una pantalla más o menos amplia, un silencio meditativo, el ejercicio mismo de la proyección.

              La película me parece extraordinaria, claro, aunque hay algunas soluciones visuales que me sacan momentáneamente de la ficción –la primera escena onírica, el plano nevado dedicado al servicio militar-, y me pregunto si es que quizá Ceylan ha trabajado aquí menos la imagen, si hay saltos de formato más o menos intencionales, si acaso habrá cambiado de director de fotografía. Se le puede perdonar, por mucho que el cine de Ceylan sea en sus mejores momentos una titánica lucha entre la potencia concreta de su composición visual y la importancia que se vierte en esos diálogos larguísimos, complejos, llenos de esquinazos y de sugerencias. Decía antes que el cine exige pantalla y silencio, esto es, que exige un espacio muy determinado para detenerse en el ver, pero también abre una dimensión mucho más concreta que se desplaza al escuchar. Aquí Ceylan compone con los ruidos, pero ante todo con el poder mismo de la conversación, como si el eje de ese protagonista perdido en su incapacidad de encontrarse con cualquier Otro pudiera trocearse, descomponerse, deshilvanarse en palabras. Palabras, palabras, palabras, ya se sabe.

Kasaba

              Por lo demás, por momentos tengo la impresión de que Ceylan ha regresado tras la titánica Winter Sleep a su propio origen. Quizá recuerden la fabulosa Kasaba, aquella ópera prima en la que retrataba una clase infantil en un día de invierno, una cena familiar en mitad del campo, una casa rodeada por las sombras al anochecer. Todos los temas mayores de El peral salvaje –el desencanto ante la educación, las posibilidades y responsabilidades de ser padre o maestro, la misantropía crónica en un mundo de naturaleza exuberante- ya estaban trazadas sabiamente en aquel primer borrador de apenas noventa minutos. Aquí, en 2019, la cosa ha quedado desmesurada, pero Ceylan sigue forcejeando con todas sus herramientas con esas heridas iniciáticas y encontrando una forma que, de alguna manera, moldea su propia experiencia en el mundo.

              ¿Es necesario, podríamos preguntarnos, ese aumento desmesurado de metraje? Justo y necesario, si nos permiten la cita religiosa, en tanto nos arroja a esa nueva dimensión del tiempo, de la distancia entre los acontecimientos vividos, que ya se había empezado a desplegar en los tremendos paisajes de Nubes de Mayo o de Uzak y que aquí vuelve a encontrar cuerpos y palabras que lo habiten.

              Me gustaría decir aquello de que Ceylan rueda “el mundo rural”, pero sería una estupidez crónica. Ceylan rueda un perro que vagabundea junto a una mezquita, rueda una construcción abandonada, rueda una cabaña envuelta por la nieve o un almacén gélido y lleno de manchas en las paredes. Es más que el mundo rural, es su contradicción misma, es el paisaje que perdemos constantemente en tanto nos hacemos más sabios y escapamos –razones no nos faltan- de las habladurías, de las comadres, de los machos alfa montados en sus motos gripadas de camino a las ciudades. Es eso que Heidegger llamó “la provincia”, con la paradoja –o quizá no tanto- de que aquí se encuentra en una Turquía que hubiera podido ser Germania o viceversa. Hermosos paisajes para habitar, a ser posible, únicamente dentro de la pantalla.